domingo, 21 de noviembre de 2021

Record Guinness para un País de Orquestas. Autor: Alexander Lugo




La Música es la poesía del aire

Jean Paul Richter


Un Núcleo es la unidad académica y social donde comienza toda la aventura del saber y hacer musical de “El Sistema”. Los cuarenta y seis años de historia y más de un millón de almas vibrando al son de las musas poéticas del aire, (Richter) tienen su génesis y base en esos núcleos, desperdigados en mucho más de cuatrocientos centros de formación de gran hervidero musical, en todas la ciudades y poblaciones de la ancha Venezuela.

En uno de esos verdaderos seminarios de mística consagración al vivir y soñar la música, iniciamos nuestra formación musical, desde la temprana adolescencia hemos sentido la evolución de esta gran aventura de casi medio siglo de vida que ha dado tanto por la cultura y por un mejor vivir de tanto niños y jóvenes.

Desde allí nos sorprendió el osado comunicado convocando a embarcarnos una vez más, en una alucinante aventura musical, esta vez la de batir un record mundial, reuniendo a miles de músicos tocando un fabuloso e inédito concierto, que rebasaría todo lo hecho en la historia musical del orbe.

Sólo el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela podía hacerlo, aquella inaudita aventura iniciada por un joven de 36 años en febrero de 1975, y que ha llenado el país de orquestas y coros y regado el suelo fértil de su patria de sonidos, de conciertos y de sueños. José Antonio Abreu sigue haciendo milagros desde su inmortalidad. ¡Bravo Maestro, ahora es que nos das ejemplos y despliegas tu sublime magia!

Y en su honor se organizó el gran evento. La planificación, que se inicia con la escogencia del repertorio que cumpla con las exigencias de la organización que avalaría el Record Guinness, una obra sinfónica de no menos de cinco minutos de duración, ejecutada simultáneamente y en un mismo espacio por músicos profesionalmente formados, dirigidos por un director de méritos suficientes y sin interrupciones.  La obra escogida fue, la ya famosa en toda Venezuela, “Marcha Eslava” en Si bemol menor, Op. 31 de Piotr Ilich Tchaikovsky, estrenada en Moscú el 17 de noviembre de 1876. A esta obra original del gran compositor ruso se fueron agregando con el correr de los días y en apresurado desarrollo, un conjunto de piezas que aunque no fueran requisitos para alcanzar el record, completarían un verdadero programa de conciertos: El Himno Nacional de Venezuela, El Te Deum, El Merengue del Primer Dedo, El Chamambo, El Aleluya, Venezuela y El Alma llanera. Estas tres últimas con la participación de los Programas Académicos Corales y “Alma Llanera”. Conformando en total más de doce mil músicos en escena.

Para la medición del record por parte de los técnicos de la organización del Guinness se sumaron más de trescientos supervisores y testigos del concierto, se computaron en efectividad tocando "La Marcha Eslava” 8.573 músicos, bajo la conducción del joven maestro Andrés David Ascanio Abreu. Todo un logro, una experiencia inolvidable para esa multitud de almas vibrantes que tuvimos el privilegio de sentarnos con la mayor emoción y orgullo a hacer historia una vez más en este noble país. 

Desde el Núcleo Los Rosales, uno pequeñito y muy nuevo de los Centro académicos, asistimos un contingente de cien personas, entre músicos, profesores, personal administrativo y representantes en funciones de supervisores. La emoción en las caras de los niños me las llevo como el premio mayor a la constancia y sacrificio. Las palabras emocionadas de los padres y representantes, el entusiasmo de los profesores y personal del Núcleo nuestra mayor satisfacción. El Record Guinnes es para un país todo, cohesionado y sin fronteras ni diferencias ideológicas, que palpita al unísono por su futuro en las caras de esos niños llenas de ilusión y esperanzas.


Alexander Lugo Rodríguez

21 de noviembre de 2021








lunes, 15 de noviembre de 2021

LAS REMINISCENCIAS DE BILLO FRÓMETA 106 AÑOS DESPUÉS. Por Alexander Lugo

 


Si Venezuela se hundiera alguna vez

y quedaran los discos de La Billos flotando

se podría reconstruir el país

 

(Aquiles Nazoa)

 

 

Mencionar el nombre de Billo es referirse a un hombre-orquesta que fuera también un alucinado poeta enamorado de una ciudad, es evocar la imagen de un caballero dedicado al pobre propósito de asombrar con sombreros y con armonías. También es evocar la noción del arte musical como un juego selecto de emociones –a la manera del análisis Cartesiano, donde la Música tiene por misión: “Fascinar a los hombres y despertar en sus almas los más variados sentimientos”- y la del poeta y filósofo donde La Música produce un tipo de placer sin el que la naturaleza humana no puede vivir. Por ello es que nombrar a Billo supone evocar el fatigado crepúsculo de mediados del siglo siglo XX y esa articulada pompa de los salones del dancing o de la pantomima caribeña en el desfile de máscaras. Ninguna de estas evocaciones es falsa, pero todas corresponden a verdades parciales y contradicen, o descuidan, hechos notorios.

Billo fue una especie de simbolista, un gran cronista y sentimental bardo del imaginario popular de la urbe. Se destaca en sus temas la melancólica añoranza como en: “Epa Isidoro”, Caracas Vieja”, “Nuevo Circo” y sobre todo en “Sueño Caraqueño”: Han cambiado mi Caracas compañeros, poco a poco se me ha ido mi ciudad, la han llenado de bonitos rascacielos, y sus lindo techos rojos ya no están. Los pasteles de Tricás después de misa, el Pampán de Gradillas a Sociedad, los vermouth los domingos por la tarde, donde toda la cuerdita iba a bailar…

La métrica en Billo es espontánea, aunque cuadrada y predecible. No busca sorprender experimentando, se va por los caminos reales del sonido, no le preocupa que lo tilden de “gallego” o elemental en el swing. Si procura los juegos tímbricos de los roncos saxofones en antífonas con los metálicos brillos de trompetas y trombones. Diálogos recurrentes que aprecia y copia frugalmente de Pérez Prado. Los coros son otra cosa, especies de semi-montunos apaciguados y con mucha cadencia para el baile. Definitivamente para él, el bailador es lo principal y lo tiene presente siempre que se sienta al piano a componer o elaborar sus sabrosos arreglos. “Música pa’l bailador” podría perfectamente ser su lema. Y el público se lo agradece con fidelidad y devoción.

Tiene de su Santo Domingo inolvidable un apego al sonido caribeño lleno de nostalgias, esa predilección por las sordinas en las trompetas son reminiscencia de algo distante que se trajo prendado en la camisa, también hay una lejana tristeza en los coros a tres voces como en lamentación. Los solos de trombones y saxos son otra cosa, como diciendo yo siempre me supero a la adversidad, es un hombre que se supera diariamente a sí mismo y a su medio, muchas veces hostil.

La simplicidad de su técnica para la sección rítmica de la orquesta puede ser un argumento a favor de su grandeza como orquestador. Ante la impecable armonización y presencia de Luis Alfonso Larrain –su gran amigo- o la genialidad tímbrica y explosión rítmica de Aldemaro –su gran antagonista- Billo se mantiene, guapachoso, alegre y fiestero, con su estilo ya un poco anacrónico pero sembrado en el gusto de los bailadores. En eso no tendrá rival, será el músico de la calle, de los templetes del carnaval, de los barrios bullangueros, pero también de los grandes salones y los círculos bonchones de la ciudad.

Una cosa especial será su música para la época de pascuas y despedida de año, “Cantares de Navidad” suena a una época de tan familiar festejo que se mete dentro de uno para entonar a coro: “La Billo Caracas pide al Dios del Cielo, que todos pasemos feliz año nuevo”. Y pueda “solear” Cheo García con su inconfundible brillo: “En las navidades canto con cariño para que se alegren todos mis amigos”. También en la alegría de esas fechas asoma sus melancólicas tristezas: “Navidad que vuelve, tradición del año, unos van alegres, y otros van llorando”.

Lo de “cronista de la ciudad” no es cuento, pero no solo de ese estremecedor amor que le significó su inefable Caracas, sino de buena parte del país. De la “Sultana del Ávila” nos inundará de sentidos cantos como: “Caracas vieja”, “Caracas siempre Caracas”, “Nuevo Circo”, “El Muerto de las Gradillas”, “El Amolador”, “Canto a Caracas”,… Y del interior: “Pa’ Maracaibo me voy”, “Valencia Señorial”, “Caminito de Guarenas”, “Pa’ Oriente me voy”. Pero siempre volviendo a su Caracas. Ese amor no ha tenido parangón en la música venezolana, tal vez en la poesía de Aquiles Nazoa se puede observar un amor tan grande como el Ávila que protege y corona la eterna ciudad de los indios Caracas.

Tanto énfasis hizo y dio por su segunda patria que la convirtió en primera y principal, y así le reclamó en un jocoso canto a otro gran compositor venezolano, cuando le imploró al maestro Torrealba, con su “Mensaje a Juan Vicente”: Vicente, Chico, compónmele algo a Caraca, un pasaje bien bonito con arpa cuatro y maracas. Que diga así: Caracas es lo más bonito que hay. Que diga así: Mi Cielo y después Caracas compay. Que diga así: Yo quiero ser caraqueño caray. Que diga así: Yo me quedo con Caracas…”.

Esa atribución, esa pertenencia tan suya, ese embeleso inaudito, esa entrega desaforada, ese amor a borbotones, muestra y demuestra el hábito de vincular el nombre de Billo a la noción de paisaje a pie de montaña, de un tranvía que hubo una vez, de unos techos rojos, de unos personajes que pasaron y quedaron, de tantas reminiscencias, de tanto cariño irresistible y constante.

 

Yo pienso que mi verdadera personalidad y mi verdadera orientación en la vida como hombre comenzó en Venezuela. (“Billo” Frómeta)

 

Alexander Lugo Rodríguez

15 de noviembre de 2021,

el día del cumpleaños número ciento seis

de Luis María “Billo” Frómeta.





sábado, 6 de noviembre de 2021

ALADOS SERAFINES EN LA MÚSICA DE LAMAS. Por Alexander Lugo Rodríguez

 



Breve mirada al mundo de vida de un genio

 

Desconocía de quién era esa música persistente que arañaba mi memoria y se colaba en mis vigilias en forma de pesadillas. Aparecía y se esfumaba sin cómo ni por qué. Junto con ella venían plañideros lamentos, negras carrozas y un andar pesaroso, lóbrego, lleno de hastío y rumores fantasmales, de gentes en tropel.

Pero en esas agrias texturas había algo más, algo que se elevaba como un disparo por los aires atolondrándonos, con ella volaba un espíritu de luz que gemía también en sus acordes y en sus cadencias, se sentía un llanto nítido en esa música que te ahogaba, ¡había un dolor, un desgarramiento!

La mayor parte de las obras maestras lo son de oscuridad, diría un alucinado Ramos Sucre, y allí, en ese rumor de quejumbrosos acordes, en el estirado aire Largo y doloroso del Motete, rondaba la pluma trémula y magistral de un ser iluminado, nacido hace casi dos siglos y medio, bautizado en la caraqueña parroquia de Altagracia con el nombre de Joseph de los Ángeles del Carmen.

A José Ángel, como lo llamarán desde niño, lo suponemos taciturno, melancólico y retraído, en una ciudad de castas y de colores, que privan por encima de cualquier otra cualidad; blancos, mestizos, pardos, mulatos, negros, indios. Saberse de ese primer grupo pero en el último escalafón: “blancos de orilla”, sin ningún bien de fortuna, blancos pobres, blancos sin derechos, blancos descamisados, en la cúspide de la castiza pirámide y en el fondo del grupo social, en el sedimento.

En su mundo interior desfilaban imágenes y tumultos que no entendía, pero que no dejaba que perturbaran su silencio monacal, dentro de él un sereno cataclismo de sonidos lo embriagaba. Al alma del tímido niño la cruzaban insondable rutas de centelladas esferas que sólo él transitaba, todo era música y solamente música. No era apatía por el mundo exterior, ni indolencia por los demás, sino una pura y embriagante fascinación por los tesoros insondables del sonido, un embeleso por las ondas vibrantes que sacudía al genio indiscutible y máximo representante del clasicismo musical venezolano. Como diría Ramos Sucre: Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.

José Ángel Lamas, tendría 14 años cuando es nombrado voz principal (tiple) en el Coro de la Catedral de Caracas, su amigo Cayetano Carreño, un año mayor, ya se había ganado el puesto de organista en dicha Catedral. Siete años después, Cayetano ascendía al importante cargo de Maestro de Capilla y José Ángel es nombrado bajonista, y allí permanecerán los dos amigos a lo largo de sus vidas.

Comienza nuestro personaje a componer desde muy temprano en su corta vida, y mucho, como los genios de vida breve que intuyen su fugacidad terrenal, no se da sosiego y se dedica en cuerpo y alma para lo que está predestinado.  Al cumplir los 26 años, finaliza la obra que lo identificará hasta el sol de hoy y que se ha convertido en el modelo más acabado de todos los compositores de su generación, El Popule Meus. Aquel viejo y recurrente Motete que multiplicaban las sirenas de las carrozas fúnebres en el pueblo de mi infancia, y que tanto me desvelaba. En aquellas vigilias de mis largas noches, una música me inquietaba a la vez que me fascinaba.




En su recóndito universo preñado de músicas, amó Lamas la paz, y anheló la soledad en búsqueda de certezas, de una verdad, de una quimera lejana y triste que lo hechizaba. Sintiendo -como Ramos Sucre-, que: “La devoción y el estudio me ayudarán a cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés humano ni anhelo terrenal estorbarán las alas de mi meditación, que en la cima solemne del éxtasis descansarán del sostenido vuelo; y desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la verdad inalcanzable”.

El Popule Meus devela un sendero de lo “por venir” en el mundo de la música. Escrito para cuarteto de cuerdas, oboes, cornos y coro a tres voces, es la obra cúspide de un periodo musical de formas preestablecidas en “perfecto equilibrio” y armonías consonantes. A partir de esta obra se incrementa su producción. Varias de ellas se conservan y llegan hasta nosotros, como salvadas de la inclemencia y el descuido, que incluso hizo estragos con sus restos mortales.

Ese año de 1801 será terrible para la ciudad de Caracas y para toda Venezuela, las revueltas e intentonas de autonomía del poder español, en ese mismo año se incrementan y van a desembocar en la guerra de independencia; y una gran sequía azota los campos y el hambre cundirá. Al año siguiente compone la obra En Premio a tus Virtudes. En la carátula de la partitura se puede leer: Compuesto por Don José Ángel Lamas, aficionado, en Caracas, año de 1802. Este “aficionado” a la composición musical ya había escrito la obra maestra de la colonia. Se casa el 01 de julio del mismo año con Doña Josefa María Sumosa y sigue componiendo con entrega y tocando el bajón en la Catedral.

Van pasando aceleradamente los violentos años y a nuestro compositor lo intuimos firme en su sagrada misión de trascender por la música, llega el decisivo 19 de abril de 1810, todos sus compañeros músicos, los más viejos, los más jóvenes, los célebres como los Carreño, los Landaeta, los Gallardo, los Meserón, y también los más bisoños, los debutantes, todos participan de una u otra manera en los determinantes eventos. Lamas ya había concluido su Misa en re; y nace su hija, María Josefa del Carmen, un 13 de mayo de 1810.

Podemos presumirlo entregado con pasión a su mundo interior, a sus impulsos creadores que lo reclaman: “En medio del hervor político, del entusiasmo de sus compañeros, el compositor se siente como aislado en su labor de artista. Nada exterior hace eco en sus oídos de músico. Oye hacia dentro, se escucha silenciosamente. Aquella música que brota de su ser canta al Dios que muere por él y por los demás hombres clavado en una cruz”, nos ilustra un inspirado musicólogo estudioso de su vida.

Hay un misterio en su consagración a la creación musical compulsiva, ni el acontecimiento personal de ser padre, ni los reclamos históricos de la patria, lo conmueven de su entrega total. Lo intuyo así: encendido y presintiendo que su vida se acorta. Viene a mi mente un Mozart moribundo, dando plazos a la enamorada muerte que lo reclama y que él elude y a la vez saluda y reverencia en su inmortal Réquiem.

El 15 de junio de 1813, en la ciudad de Trujillo, se proclama el Decreto de Guerra a Muerte. Llega el pavoroso y crucial año catorce, entra en escena el sanguinario José Tomás Boves. El 16 de julio entra el asturiano a la capital, y “no se veía un alma en las calles”. Pronto se inician los martirios y persecuciones en masa contra la población que ha quedado aterrada. Entre los pocos músicos presentes se encuentran Cayetano Carreño y su bajonista y gran amigo, José Ángel Lamas, imperturbables en sus oficios musicales. Nadie los tocó.

Así continuó Lamas hasta donde le alcanzaban las fuerzas, sumergido en su feudo la música, que no era de este mundo, abstraído de la vorágine que arrasaba todo a su alrededor. En ese mismo mes de julio, mientras la ciudad se anegaba en sangre, culmina la que sería su última obra conocida: el Ave Maris Stella en re menor (homónima de la de 1808 en mi bemol).

El 10 de diciembre de aquel doloroso 1814, falleció en Caracas, el más grande compositor de la época Colonial y principios de la República y uno de los más geniales de nuestros músicos, José Ángel Lamas, había nacido un 2 de agosto de 1775. Su llama se extinguió, como si se apagara ante tanto dolor.

Para aquel que parecía insensible y ajeno a todo cuanto sucedía, su espíritu de luz no soportó seguir viviendo entre tinieblas. Tenía 39 años. La misma edad de Chopín (1810-1849) al morir, un año más que Mendelssohn (1809-1847), dos años más que Juan Manuel Olivares (1760—1797), cuatro más que Mozart (1756-1791) y 8 años más que Schubert (1797-1828). Todos murieron antes de cumplir los 40 años, todos dejaron una fecunda y admirable obra musical.

José Ángel Lamas soñó desde niño con la música; compuso música a lo Divino, vivió en un recóndito universo lleno de música, y tal vez por eso, fue el más grande de su generación y la mayor gloria de Venezuela, en el mundo musical de entonces. Creó música para los Ángeles, para la Vida, para Dios, y esperó sereno el llamado de la muerte, seguro de haber entregado la luz de su espíritu.

Ella vendrá, en lo más callado de una noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor, como de alados serafines, y un transparente efluvio de consolación bajará del altar del encendido cielo. (José Antonio Ramos Sucre)

 

Alexander Lugo Rodríguez



Pópule Meus


domingo, 31 de octubre de 2021

Ramón y Rivera en la Titilante Luz de una Luciérnaga. Por Alexander Lugo

Todo fue, todo me pareció entonces como un presagio,

como el preludio de una vida nueva, distinta,

a la de aquel niño pobre, delgadito y débil,

que el San Cristóbal de 1920 vio salir un día de sus entrañas

con un cargamento de música, de ilusiones y de poesía...

 

(L. F. Ramón y Rivera)


 


El 22 de octubre de 1993 falleció en Caracas Luis Felipe Ramón y Rivera, iniciador de los estudios de etnomusicología en Venezuela, compositor, poeta, cronista de tradiciones folclóricas del país, y docente universitario. Necesaria referencia para la investigación y estudio del folklore y música venezolana. Su extensa obra bibliográfica contiene libros, artículos, transcripciones y arreglos musicales.

 Los avatares de la vida lo hicieron trashumante desde niño; pero siempre San Cristóbal fue una meta. Allí volvió indefectiblemente una y mil veces, como todos los tachirenses que hoy lo rodean en Caracas la patria grande. Su obra de investigador, indudablemente, pertenece a Venezuela toda, y trasciende fronteras, pero su música está enclavada allí en sus Andes inmensos, en tanto son su expresión inigualable. Por ello su obra musical es inseparable de la tierra que representa, aunque muchas de sus piezas hayan sido escritas en lejanía.

 En abril de 1945 Ramón y Rivera viajó a Montevideo con una beca del Gobierno Nacional. Sobre esta salida nos dejó esta bella descripción:

 ...Cuando el avión levantó el vuelo sobre las playas de mi país, verdes de cocoteros y rojos en las hileras de sus casas de tejas, yo miré por primera vez en mi vida, experimenté lo que el pájaro o el condor están acostumbrados a mirar y sentir. La sensación de vuelo. Se levanta la nave, se alza sobre la hilera de piedras y oleaje de la playa, y entonces logré presenciar algo único, que no se puede ver en tierra: Bordeando la larguísima playa, sobre las aguas, yo descubrí una inmensa esmeralda que con la luz del sol irradiaba profusos y fuertes verdes, y debajo de las aguas brillaban también como gemas, piedras de verdor alucinante.

Ramón y Rivera dirigió el INAF hasta su jubilación en 1977 y luego se dedicó a escribir con gran fruición publicando sus diferentes libros sobre música tradicional de Venezuela, trabajo que alternó con las clases que dictó hasta poco antes de morir. Estos trabajos los compartía con la composición musical, la poética y la prosa.

Sus ``Memorias de un Andino'', y sus ``Pueblos tachirenses'' habla de su amor por la tierra natal; pero también le preocupan los diversos problemas sociales y culturales del país como dan cuenta de ellos sus cartas a El Nacional y numerosos escritos, incluyendo los versos de su última obra musical titulada ``Aguinaldo de la Esperanza''.

Luis Felipe amó intensamente la vida e hizo todo lo necesario para prolongarla durante su larga y penosa enfermedad.

Para él:

"Somos partículas infinitesimales del Cosmo. Estamos de paso en la tierra por un azar divino, experimentamos en ella el incomparable bien de pensar, ver, oír, sentir esta realidad vital que es nuestro paso consciente por la vida... y al llegar la muerte comprender que ese momento es necesario; que nosotros, partículas divinas pensantes provisionalmente, fulgimos y nos apegamos en un segundo, en un instante de luz semejante a aquel que en las noches profundas fulguran las luciérnagas”.


Autor: Alexander Lugo

31/10/2021




sábado, 30 de octubre de 2021

Canto y Flores para el Maestro Antonio Carrillo. Autor: Alexander Lugo

 


“Vengo porque mi música

siempre ha estado al pie de la justicia”.

(Antonio Carrillo)

 

En un hermoso libro de partituras con cuarenta y dos de las obras del músico nacido en Barquisimeto el 29 de octubre de 1892: “Homenaje al Maestro Antonio Carrillo”, se recuerda la vida y obra de este gran músico que nos dejó -en exactamente setenta años de vida- una obra espléndia. Fue una edición del año 1978 del Ministerio de Información y Turismo. Su propósito se nos presenta en la primera página:

“Se pretende con esta publicación rendir justo homenaje al maestro Antonio Carrillo, señor del bandolín, en reconocimiento a su fecundo trabajo desbordante de resonancias telúricas, y devolver al pueblo de Venezuela esta obra de la cual es sólo el auténtico inspirador”.


Destaca entre el grupo, su famoso vals “Como llora una Estrella”, en el manuscrito aparece la fecha de “Diciembre 1918”. Aunque se ha dicho que es una composición del maestro Carrillo de 1915, no hay evidencias de este hecho, así que asumimos la que aparece con una hermosa caligrafía en la copia del manuscrito, que seguramente heredó de su Maestro Pedro Istúriz Meneses, con quien estudió composición y armonía y aprendió a copiar música. También es importante destacar que su famosa Polka “El Saltarín”, grabado por un importante número de excelentes mandolinistas, no aparece en esta publicación.

 

Muchas historias rodean a su famoso vals “Como llora una Estrella”, que esa era la melodía que tarareaba mientras lo trasladaban desde la ciudad de Quíbor hasta su amada Barquisimeto, donde falleció a los dos días, sería un 13 de julio de 1962. Se dice que fue el Padre Carlos Borges, a quien le llevaba una serenata, y al interpretar su nueva composición y enterarse que aún no tenía nombre, dispuso: “Póngale Como llora una Estrella”.

 Cómo Llora Una Estrella

Este vals fue concebido de manera instrumental, como la mayoría de sus obras, sin embargo ha tenido en su historia hasta siete letras distintas. Entre ellas: la de Arnoldo Vivas Toledo, un músico de Los Teques, versión que fue grabada por Alfredo Sadel y el mexicano Marco Antonio Muñiz. Esta era la preferida del maestro Carrillo. En su primera parte dice:

 

Recuerdos de un ayer que fue pasión

El suave titilar que ayer yo vi

En tu dulce mirar tu amor sentí

Tu cara angelical, rosa de abril.

 

Otros que le han puesto letra son, Napoleón Arráiz quien escribió dos distintas, el compositor Juan Ramón Barrios y otra del gran mandolinista y compositor Ricardo Mendoza. Existe una letra de Elisio Giménez Sierra, nacido en el pueblo de Atarigua, muy distinta a la cantada por Marco Antonio Muñiz y Alfredo Sadel, y que también se ha popularizado mucho. En su segunda parte dice:

 

Tú que por su ventana puedes ver

Asómate a la reja y dile que

Mi corazón suspira por su amor

Y yo me estoy muriendo de dolor

Dile que una palabra nada más

Que salga de sus labios podrá ser

La dicha de mi vida la felicidad.

 Como llora una estrella - Jesús Sevillano

Manuel Rodríguez Cárdenas lo bautizó como “El mejor bandolinista de América”: “así lo llamé yo, con el derecho que me da el haberme pasado lo más ancho de mi vida con el oído pegado a los sones que brotan de mi tierra”, enfatizó. Sus palabras nos remiten a la trascendencia de este importante músico: “por aquella su música, que arranca a pedazos y le desbordaba de los dedos, lo mismo que una rosa se asoma en el balcón del vaso y resume toda la inmensidad de Dios”.

 

El día once del mes de julio de 1962, el maestro Antonio Carrillo se había trasladado hasta la población de Quíbor, para agasajar con una serenata, a su amigo el músico, compositor y periodista Juan Pablo Ceballos (1901-1985). Ese día estrena un bello vals titulado “Canto y Flores” –canto para la Divina Pastora y Flores para la Virgen de Altagracia-. Durante la tertulia musical esa tarde sufre un accidente cerebro-vascular y es trasladado a Barquisimeto, donde fallece el 13 de julio.

 

Para despedirnos con la musa que brota de su música tan sublime, apreciemos una vez más las palabras de su entrañable amigo Rodríguez Cárdenas: “Oírle era estarse en actitud absorta, meterse en una barca de velas inflamadas, poner la mano en la corva mancera de un arado de voces arpadas y regresar con el alma repleta hasta los imbornales de espigas, lauros, algas, sol y caracoles. Oírle, en fin, era recibir el poderoso mensaje de la música que Dios puso en las cosas cuando pobló la tierra”.

 

Ese intenso y eterno mensaje de su música que nos dejara el alma “henchida de romántica ansiedad”, hará imperecedero el recuerdo del maestro Antonio Carrillo y su inmortal bandolín. A ciento veintinueve años de su luz lo ofrendamos con Cantos y Flores.

 

 

Alexander Lugo Rodríguez

29/10/2021

ELEGÍA. Autor Alexander Lugo Rodríguez

 




Cuando lo rememoro

me percato que lo requiero

advierto que algo nos queda faltando

de la cosecha de su esplendor.

Que sus finas melodías

-cambiantes a cada instante-

precisan en esta hora

de su ordeñador mayor.


Pescador de luceros en amaneceres

Poeta de trémula fibra

aquella con que se tuerce el bejuco

para zurcir corazones

esguazados por el mal querer

-o las indolentes distancias-

reparándonos el aporreado candor.


Sus prolongadas afinidades con la tierra

clarinadas madrugadoras de los espeso y lo sutil

nos toca hondo

y sentimos representar

en cada rincón de la patria.

 

Sus tristezas fueron menos en la copla

y se consolaban en la sutileza de la tonada.

Ofrendó su aliento eternamente

como el sol que pinta las espigas

como la brisa que peina los maizales.

 

Porque entre el mar y los bramantes ríos

se pulsa a diario una tierra

hecha de sangre y de espuma.

Porque mentar a esta tierra de gracia

es como si dijéramos ¡Simón!

en la trinidad de su luminosidad:

Por la hechura del maestro

filósofo e inventor

por la talla del guerrero

iluminado y encendido de patria

por la modulante copla

del sanador principal de quebrantos:

Eterno ordeñador de luceros.

 

Rastreando la Tonada

que su fina voz modula

nos adentramos en ese modo

de acompañar la faena diaria

del hombre con su entorno.

Paisajes de amaneceres

crepúsculos que perduran

más allá de nuestro olvido:

Doliente canto

tendido en la inmensidad

susurro íntimo

de irrepetibles confesiones

que nunca sabrán que él

salió una tarde ceniza

a enjugar otros paisajes

y a llenarlo con sus silbos:

“mañana cuando me vaya

quién se acordará de mí

solamente la tinaja

por l’ agua que le bebí”.

 

Imperturbable, imaginario, eterno:

Proseguirá así…

palpitando con su llanería

en los amaneceres

propicios a la evocación

con su voz infinita

y sus arcanos versos

de reminiscencias sonoras.

 

Son para él en su eternidad

todos los destellos entretejidos en la memoria.

 

(A la memoria de Simón Díaz. El día de su cumpleaños número noventa y tres)

 Alexander Lugo Rodríguez




musicalex2021@gmail.com 

sábado, 23 de octubre de 2021

LA ÚLTIMA MUERTE DE JUAN JIMÉNEZ. Por Alexander Lugo

 


El joropo no está muerto

existe la tradición

mientras Juan Jiménez viva

nunca morirá el folklore.

Al compás de bandolín

Cuatro, maraca y tambor

joropo, joropo bueno

joropo de mi región

 

(“Recordando a Juan Jiménez”: Hernán Marín)

 

Sucedió hace cuarenta años, en una desvelada madrugada del 21 de octubre de 1981. Contaba con ochenta y nueve años aquel legendario cantador llamado “El canario” por sus extraordinarios dotes, siempre enamorado, siempre elocuente, con una fama que le igualaba en aventuras y romances, errante andariego que con su voz inigualable se anunciaba y con las mismas desaparecía, huyendo, siempre huyendo, cantando, siempre cantando, perseguido por sus demonios y agobiado por la fiereza de su espíritu, se abandonó definitivamente a la obstinada muerte.

Había nacido un desdibujado mes del año 1892, a los pies de las montañas de Tataracual, pertenecientes al macizo de Turimiquire en el estado Sucre. Los hechos de su vida son infinitos e incalculables. En las caminadas noches vagabundas y en los oficios diversos de arrojado temple, iba tramando sus versos que elevaba en canticas llenas de picardía y seducción.

Atraía a la vez que encolerizaba con su figura descomunal de negro orgulloso y esbelto, sus ojos claros verdeaban en cada inspiración que tañía un joropo bueno y se azulaban en los aquerenciados e infaltables registros del amor. Su condición libérrima de bohemio, su frenética trashumancia, su rutina de postergación y enredos, su alcoholizado temperamento, su machismo desbocado, lo elevaban y lo perdían.

Él se sabía superior y predestinado a vivir de su fama, sin otra posible inmortalidad que la de sus estupendo cantar, la de su garganta de oro, la de su alegría para el joropo, la de su cotorreo impecable, por ello la impaciencia de la gloria y la orgullosa presencia que imponía donde quiera que se aparecía fantasmagórico y seductor, y casi siempre insolente y desvergonzado:

“La mía fue una raza que también nació para eso y para dar hombres de verdad… Yo no encontré músico que me regañara, porque cuando este negro Juan Jiménez cantaba, no cantaba más nadie y por eso me quisieron matar por la garganta, porque yo era un trueno, porque no había quien me aguantara estos pulmones, esta caja en el pecho de Juan Jiménez. Las maracas se reventaban, el bandolín agonizaba, el acordeón se paraba en medio del joropo y yo seguía el canto como la primera vez, siempre al compás, sin pelarme en una sola palabra, eso llaman el cantor… ¡Callen la boca, yo soy el que puede hablar!”.

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De las tantas muertes de Juan Jiménez -escribe Benito Irady- de las tantas vidas regadas en cada lugar, creció la leyenda del canario que retumbaba con su canto entre la serranía y el mar del oriente. ‘Canario’ Juan Jiménez de negrísima piel y claros ojos azules. Cantor jamás nacido de entre las piedras de Tataracual. Cantor y más cantor con garganta habituada a la brega y al amor inaudito.

Ese proceder, orgulloso y a veces desmesurado no significaba una vanidad, era su parte mecánica de la gloria, era una obligación para su oficio de alborotador de los enjambres amorosos, de los destellos luminosos de quien va repartiendo a manos llenas la felicidad. Asimismo la presunción de la incesante muerte le urgía. Por esa abstracta convicción se anclaba a la memoria de los mayores y buscaba frenético los alivios temporales de los ingentes amoríos:

“Así fui aprendiendo a vivir con el recuerdo de mi raza, de mi mama Nieves Jiménez que era una negra parranderísima, una mujer empantalonada que se mudaba para los bailes, para los velorios, que luchaba, que jugaba la maluca… Yo siempre he vivido con esos recuerdos y con la imagen de mi otra abuela llamada Clemencia Vallejo, que era una negra cantadora…”. Al topárselo en unos carnavales en Cumaná, le pregunta Benito Irady, si él era el verdadero Juan Jiménez de tanta fama, el popular cantor responde con su voz de canario:

¡Juan Jiménez el que canta

Juan Jiménez el que implora

le roba con la garganta

las niñas a las señoras!

 

Irady venía desde tiempo atrás preguntando por el legendario cantor, a quien muchos daban por muerto:

“Todos me hablaban de las maravillas de aquel hombre y me narraban distintos episodios de su muerte. Que fueron dos, los Juan Jiménez. Que no se lograba diferenciar el uno del otro. Que no había mujer que no se enamorara del hechizo de aquella voz dulce de la caña. Que fueron muchos los hijos regados entre el Valle de Cumanacoa y los distintos lugares en que dejó su encanto, desde las rutas que llevaban del mar de Araya al mar de Paria”.

En el estribillo cotorreao de la canción “Recordando a Juan Jiménez” que le dedica Hernán Marín y que sus primeras coplas sirven de epígrafe a este exordio, se deja oír:

Juan Jiménez, Juan Jiménez

como no te da un dolor

pa’ que no le pique el ojo

a la mujer de Amador.

no esperes a Juan Jiménez

que Juan Jiménez no viene

Juan Jiménez se quedó

con otra mujer que tiene.

 

Asimismo, Cecilia Todd en el ‘Golpe’ “Juan Jiménez”, entona:

Dicen que hay un cantador

Por los lados de Chiguana

Que lo mientan Juan Jiménez

Y que es muy grande su fama.

 

Rafael Salvatore lo inmortalizó en una serie de fotografías, ya en sus últimos días. Deambulaba entre la calle del mercado viejo de Cumaná y el rio Neverí, entre el sanatorio para tuberculosos y el asilo donde un paro respiratorio lo enmudeció para siempre. En una de esas gráficas lo vemos sentado en la gruesas raíces de una Ceiba gigante, la más grande de toda esa ribera del Neverí, en posición de cuclillas y con la cabeza de algodón entre las manos enlazadas, que parece en sumisa oración, sus sucias ropas, camisa desabotonada hasta más abajo del pecho, pantalón raído, ruedos disparejamente doblados a mitad de las canillas, alpargatas de tallas mucho menor a las de aquel gigante, ahora convertido en puros huesos y desolación: “este Juan Jiménez que ahora usted ve aquí eschavetado no es ni la sombra. Ya las palabras me vienen como si me van a ahogar”.

Esas borrosas imágenes son suficiente para entreverlo poroso a la muerte, veteado de hastíos y abandono. Ya Juan Jiménez se acabó, les revelaría a Salvatore y a Benito Yradi, mientras les enseñaba las saqueadas encías. Ya resignado a huir, ahora de sí mismo y de sus demonios:

“Yo lleve mucho látigo, me daban con el chicote que era un cabo de pita, un látigo, y yo lo que hacía era huir cuando era un niño, y me fui quedando por ahí, sin tener con quien contar, me fui quedando solo, igual me quedaba en los lugares de sacar las perlas que en los lugares de sacar la sal, o en las rancherías de los pescadores sacando pescado, siempre algo hacía, en otras partes vendía leña, vendía leche de cabra, vendía una botellita que llamaban conga, huía de un lugar a otro para que no me encontraran, porque me buscaban como medio real para darme látigo y castigarme en los espinerales, en los cardonales, tumbando leña en los montes”.

En peregrinación detrás de su historia, Irady recogió innumerables versiones de su vida y muerte:

“Cuando me propuse seguir su historia, recorriendo el propagado imaginario de un pueblo a otro pueblo, lo habían dado de muerto en las Costas de Güiria, allá me habían dicho que murió embarcado hacia Trinidad y me aseguraron que después de su muerte solo se oía una cantica que el mar empujaba en las noches”. También refiere que en Cumanacoa le habían confesado que murió de un “maldeojo” por un maleficio. Más adelante, en las Fraguas, que se había ido a morir a su terruño Tataracual, Por Carupano decían que era nacido en Cariaco y que ya había muerto en Cumaná. En lo que si coincidían todos era en su habilidad para improvisar canticas, llenando de alegría los joropos y haciendo estallar de gozo las maracas con su canto. Las memorias del padre brotarán de continuo en sus conversas:

“…de esas costas de no sé de dónde, llego mi papá Antero Vallejo, que era un gigante de hombre, era un negro de verdad, venía de esas costas de Paria, dicen que había nacido entre Güiria y Trinidad, de por ahí de afuera de esas costas era él. Murió en Los Bordones y lo enterraron por las playas de San Luis, por ahí donde había un cementerio cerca de una laguna llamada Pozo de Caimán, pero vivió en todas partes y tuvo una cuadrilla de hijos porque fue un hombre mujeriego”… “mi papá no encontró hombre que le pegara, los hombres sabían que Antero Vallejo no era hombre para ellos, había hombres que salían a buscarlo para malograrlo, sin saber que desde ese momento estaban en el otro mundo, porque mi papá tenía los secretos de esta raza grande de nosotros…”

Y así, rememorando a sus mayores, a su vida de leyenda, a sus abundantes amores, y a su condición de errante vagabundo, siguió huyendo del mundo que lo aprisionaba, evadiéndose finalmente de esa vida que le vedaba el aire:

“Yo atravesaba las serranías del Turimiquire y me iba cimarroneando hasta Caripe del Guacharo…” Trabajé en la tierra y trabajé en el mar porque me gustaba andar embarcando. Yo pienso que si me hubiera quedado en Punta Araya, que fuera de mí, si me hubiera devorado un pez o si fuera un gran marino o un gran cocinero de una embarcación, o quizás hubiera aprendido a gobernar un timón para huirme por todos esos mares, porque yo siempre fui un huido…”.

                                                         

Alexander Lugo Rodríguez

23 de octubre de 2021 a cuarenta años de la huida definitiva de Juan Jiménez

 






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